El género es una construcción cultural que condiciona de forma importante tanto la conducta como las actitudes, las percepcions de las personas y las estructuras sociales, y que establece diferencias en el poder y la autoridad de hombres y mujeres en la sociedad. Mantiene una visión reduccionista al considerar que tanto la masculinidad como la feminidad engloban a todos los hombres y a todas las mujeres, respectivamente, polarizando las dos opciones y generando que la definición de cada una de estas categorías se haga en contraposición a la otra y no por ella misma.

El género condiciona la salud de las mujeres y los hombres y, por tanto, también su relación con las drogas, siendo un elemento a considerar en el diagnóstico, la prevención y el tratamiento de las drogodepencias.

El sexo, desde el punto de vista del género, vincula a las persona a modelos, valores, comportamientos y estatus sociales. Trabajar con perspectiva de género no implica solo una determinación de la incidencia de consumo en hombres y en mujeres sino que requiere de la identificación por rol de género de las representacions socioculturales y psíquicas que intervienen en los factores de riesgo de las douctas adictivas y en la permanencia del consumo. Así,  las diferencias en las percepciones sobre qué corresponde a la masculinidad y a la feminidad marcan todas las etapas del diagnóstico y el abordaje de este problema sanitario y social:

  • la aceptación y tolerancia del consumo a los espacios públicos es más alta en hombres, asociándose, en el caso de las mujeres, al vicio, la culpabilización y una valoración moral negativa y relegándose a un consumo en el ámbito privado.
  • la presión sobre los roles asociados a las mujeres, como el papel de subordinación dentro de la familia, con el rol de ama de casa i el mantenimiento de la exclusividad en las tareas domésticas, así como tener que compaginarlo con el trabajo fuera de casa para mantener una competitividad en el ámbito laboral marcada por conductas dominantes masculinas.
  • las problemáticas somáticas asociadas a estas presions son medicalizadas en lugar de ser abordadas desde una intervención integral que trabaje las causas generadoras.
  • la dificultad y la soledad asociada al acceso al tratamiento, así como la ocupación mayoritaria de los espacios terapéuticos por parte de los hombres, hecho que favorece el abandono de la vnculación a los servicios especializados por parte de las mujeres.
  • se mantiene la asociación del consumo en hombres a la violencia, la agresividad y el delito y, en las mujeres, a la prostitución y el abandono de las responsabilidades como madre.
  • el cambio en la asociación de drogas y marginalidad o delincuencia a la vinculación del consumo con el ocio y tiempo libre ha incorporado a las mujeres a este ámbito de consumo tradicionalmente masculino. Y pese a que se valora positivamente el consumo en mujeres, también se presiona para que estas no abandonen su femninidad, hecho que las pensaliza socialmente en un retorno a los patrones tradicionales. El consumo de los hombres, a la vez, se vuelve más extremo para encontrar la diferención con la incoporación femenina al consumo.
  • la vinculación de las mujeres a los espacios de tratamiento mixtos es vivida, en muchas ocasiones y por los mismos equipos profesionales, como disruptiva, per la asociación de las mujeres con una problemático en el ámbito de la sexualidad, sin contemplar la responsabilidad y participación de los hombres en las relaciones heteroafectivas.
  • los recursos para la integración laboral no contemplan las circunstancias culturales y sociales del hehco de ser mujer con un diagnóstico de adicción.